El serengeti dublinés

El serengueti, además de un parque nacional en Tanzania y lugar de paso y migración de muchos animales en lucha por supervivencia, es la acuñación de mi amigo David para referirse a la noche dublinesa. David, que se volvió a España tras dos años en Dublín, repetía esta palabra cada vez que regresábamos a casa después de la fiesta en los bares. Y es toda una metáfora del final de la noche en Dublín.

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Ahondando más en el serengeti dublinés, quiero hacer una más explícita descripción de su consistencia. Me gustaría que palpaseis la magnitud de la tragedia cuando acaba la noche en esta ciudad. Describiré a continuación el recorrido desde el centro hasta mi casa.

A la salida de las pubs se congregan los tambaleantes borrachos con las sobaqueras de las camisetas empercudidas de un sudor que se extiende en ocasiones hasta la mitad del pecho. Los llamativos colores en la vestimenta se diluyen con la mierda encostrada que se va acumulando como consecuencia de las caídas y el reboce con las paredes. Ríos de sudor descienden por las enrojecidas y pecosas mejillas y saltan de cara en cara por los movimientos de agitación provocados por la borrachera. Los que todavía no alcanzan el estado catatónico cantan bulliciosamente éxitos del hoy y el ayer, especialmente de Lionel Richey, en indescifrable balbuceo irlandés.

A los ruidos de los coches de policía y las ambulancias se une cada dos minutos un tremendo estruendo que hace palpitar el corazón de los presentes no irlandeses, poco acostumbrados a tanta agitación. De repente, alguien pierde el equilibrio y cachiporrazo que te crió de espaldas. Tras intenso trabajo de campo, he llegado a la conclusión de que los irlandeses carecen de una parte del cuerpo presente en el resto de los mortales: la nuca. El hecho fehaciente es que cada vez que se caen de cabeza con la borrachera se incorporan riéndose como si nada hubiera ocurrido. Cualquier otro mortal estaría estático o con convulsiones. Y lo más gracioso es que los amigos del accidentado ni se inmutan ni ayudan. El que no se levanta siempre puede quedarse dormido en el mismo sitio toda la noche. De ahí no se va mover, claro.

La sangre forma parte también de la tragicomedia. Corre por codos y manos debido a los variados cortes y mellas, o como consecuencia de golpes que se iniciaron con abrazos de exaltación de la amistad y acabaron en ostias limpias. Los vasos de pinta rotos o intactos con la decimoséptima cerveza se mezclan entre potas de judías con tomate, restos de pizza o de kebabs mal masticados. De madrugada, las purlandesas (mi acuñación para las irlandesas borrachas y de mal gusto) comen con gula  hamburguesas y enseñan sus bragas sin pudor por el cristal del escaparate, abiertas de patas para el regocijo del personal en la calle. Un clorofórmico olor a meado fluye por los chorrillos desde las paredes hasta la calzada por las juntas de dilatación de las aceras. Algunos irlandeses machos se escurren su colilla en cualquier puerta y se giran despreocupados para mostrársela a las casi desnudas viandantes, descalzas aunque arrecie la lluvia. De vez en cuando es posible toparse con algún zapato de mujer con taconazo abandonado por alguna cenicienta borrachaza, con más ampollas en los pies que los peregrinos del Camino de Santiago.

La odisea se alarga debido a la falta de taxis en algunas noches. Los borrachos nocturnos caminan Liffey abajo a la caza de un taxista amable que les pare. Los experimentados conductores, que se conocen el percal, se van apartado del carril junto a la acera para no atropellar a los osados irlandeses que son más tercos que Chanquete y le que parafrasean con el lema: “del medio de la carretera, con mi pedo, no me moverás

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